No te quedes inmóvil al borde del camino
No congeles el júbilo
No quieras con desgana
No te salves
Ahora ni nunca,
no te salves
No te llenes de calma
No reserves del mundo sólo un rincón tranquilo
No dejes caer los párpados, pesados como juicios
No te quedes sin labios
No te duermas sin sueño
No te pienses sin sangre
No te juzgues sin tiempo
Pero si, pese a todo, no puedes evitarlo
Y congelas el júbilo
Y quieres con desgana
Y te salvas ahora, y te llenas de calma
Y reservas del mundo un sólo rincón tranquilo
Y dejas caer los párpados, pesados como juicios
Y te quedas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil al borde del camino
Y te salvas
Entonces,
No te quedes conmigo
Se ha ido hoy el autor del único poema que, a fuerza de leerlo, me he aprendido en la vida. Se ha ido el desexiliado.
La mayoría de los alumnos que he tenido, especialmente los más pequeños, lo conocen porque suelo encabezar al menos uno de los exámenes del curso con alguno de sus cuentos o con algún capítulo de Primavera con una esquina rota.
Vivió intensamente, descanse en paz.








