Me entero por Escolar que el señor que pedía que sus hijos se escolarizaran en castellano en Cataluña se llama Carmelo González y se divorcia porque su mujer dice que es un extremista.
Sólo una persona que está dispuesta a llevar las cosas al extremo puede mover cielo y tierra para hacer algo que considera justo. Conste que el tal Carmelo no me parece que sea un adalid de nada pero sí ha demostrado que no es fácil estudiar en castellano en Cataluña y, para ello, hay que ser un extremista, no quedan más narices.
Juraría que yo misma tengo mis convicciones políticas y, como filóloga, tengo hasta convenciones lingüísticas; de hecho considero que los políticos deberían dejar la lengua en paz de una puta vez y no seguir falseando la realidad inventándose lo de “lengua propia” cuando las lenguas, de toda la vida, son maternas o adquiridas (jamás entenderé cómo un hablante puede decir que su lengua propia es distinta de la materna) Si atendieramos a la realidad el debate sería diferente, me explico, si atendiéramos a cuántos hablan qué, y, sobre todo, a qué hablan realmente, no habría euskaldunes suspendiendo el examen de grado 12 de euskara, por ejemplo.
La cuestión es que a pesar de mis convicciones si viviera en una zona bilingüe lo más probable es que me adaptara, por sentido común, a pesar de lo que pienso de las leyes de anormalización lingüística, que diría Lodares. Lo haría sobre todo por esos hijos que no tengo, para que tuvieran una infancia normal a pesar de mis ideas al respecto. Cuando se pone todo incluso a los propios hijos por debajo de una idea se es un extremista, no sé a qué viene pues, la sorpresa. ¡Claro que el tal Carmelo es un extremista! todos los que llevan una idea al extremo tienen que tener un cierto toque de chiflados, no queda otra.
No creo que sea el caso de este señor, pero recordemos que hay extremistas fracamente admirables.
Aun así, mos ki merak.
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